jueves, 30 de diciembre de 2010

Navidad y ecología

La Navidad y, por extensión, el invierno, es una época delicada ecológicamente hablando. En estas fechas, por razones obvias, el consumo se multiplica y produce un aumento considerable de desechos de todo tipo, tanto orgánicos como inorgánicos.

Reaprovechar las cajas y el papel de envolver, utilizar musgo comercializado con autorización, reciclar la basura por su naturaleza o procurar regalar productos “sostenibles” son iniciativas que todos deberíamos tener habitualmente, sin aplicar a fechas concretas ni necesitar que nos lo recuerden.

Sin embargo hay dos elementos que ocupan, de un tiempo a esta parte, los temas medioambientales. El más antiguo es el del árbol de Navidad. Hace años se hizo campaña para incentivar el uso de abetos artificiales porque así se evitaba la tala y, además, se podían guardar hasta el año siguiente.

Pero últimamente se está imponiendo la idea contraria, mejor utilizar árboles auténticos, ya que los otros generan gases de efecto invernadero durante su fabricación y tranporte. Los naturales, en cambio, ayudan a regular el dióxido de carbono durante su crecimiento y al terminar se pueden plantar en el jardín o ser recogidos por los servicios municipales para trasplantar o triturar y fabricar abono. Todo esto, claro, dando por sentado que se recurra a viveros, no a talarlos en el bosque.

El otro elemento es la sal que se usa para derretir la nieve al disminuir el punto de congelación del agua. Cada año se emplean cientos de toneladas en carreteras, aceras, escaleras, calles y accesos. Sin embargo en el norte de Europa, EEUU o Canadá, ha dejado de utilizarse o está muy restringida, con multas incluso. Ello se debe a los efectos negativos que produce en el suelo y el agua, desecando los primeros y disparando la salinización y acidez de la segunda, lo que repercute en las plantas, que no absorben el líquido que necesitan.

Las alternativas pasan por disolver la sal en agua con cloruro potásico o con acetato de calcio o de potasio, que son inocuos. El problema estriba en su alto coste, veinte veces superior.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Gases anestesiantes quirúrgicos contaminan más que el CO2

Tanto echarle la culpa a los aviones y los coches y va resultar que no eran los peores a la hora de contaminar la atmósfera con emisiones de CO2. Lo sorprendente es el nuevo malvado. O malvados, pues son tres: los gases anestesiantes que utilizan cirujanos y dentistas en sus intervenciones quirúrgicas y que se llaman isoflureno, desflureno y sevoflureno.

Según un estudio de Ole John Nielsen, profesor de Química atmosférica de la Universidad de Copenague, en colaboración con la NASA y anestesistas de la University of Michigan Medical School, estos gases que se usan habitualmente en EEUU con fines médicos causan un insospechado impacto medioambiental. Los cálculos dicen que un kilogramo de gas equivale a 1.620 kilogramos de dióxido de carbono o, lo que es lo mismo, las emisiones de un millón de automóviles.

El estudio se publicó en el British Journal of Anaesthesia y explica que los tres gases son peores que el CO2, pero unos dañan el entorno más que otros. En eso se lleva la palma el HFC-134a, que es 1.300 veces más nocivo que el dióxido de carbono hasta el punto de que, en Europa, quedará prohibido a partir de enero de 2011.

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